sábado, 14 de junio de 2025

Mi planta Naranja-Lima


DOS PALIZAS MEMORABLES.

 Este capitulo me dejo devastada, todo lo que sufrió Zezé, fue muy duro de leer. No solo por la violencia física que sufre Zezé, sino por la forma en que se va apagando su mundo interior, ese universo de imaginación, ternura y pequeños sueños que lo mantenían a flote. Lo que empieza como una escena casi inocente —la ilusión de construir su primer globo— se va torciendo lentamente hasta convertirse en un descenso doloroso hacia la brutalidad más absurda. Es como si la realidad le dijera a Zezé, de golpe y sin piedad, que la infancia no siempre tiene espacio para la belleza o la fantasía. 

Me impactó mucho cómo el deseo de Zezé de hacer su propio globo, de tener algo solo suyo, se convierte en el motor de toda esta parte. Ese globo no es solo un objeto; representa su necesidad de autonomía, de validación, de lograr algo por sí mismo. Pero también de regalar belleza al mundo, de ganarse la admiración de otros, de que el Portugués o Xururuca vean en él algo valioso. Es muy simbólico que el globo termine destruido, roto por la furia de su hermana. Ese momento en que Zezé ve su proyecto hecho tiras es, a mi parecer, la destrucción literal de un pedacito de su alma. Y él lo dice sin rodeos: "Uno hace solamente un primer globo lindo. Cuando ése no sirve, nunca más acierta o tiene ganas de hacerlo". Esa frase me partió. Porque más allá del globo, está hablando de su esperanza.


También me impresionó cómo el capítulo muestra lo normalizada que está la violencia dentro de la familia. La forma en que se pasa de una travesura o una desobediencia infantil a una golpiza tan extrema es perturbadora. Y aún más duro es ver cómo esa violencia se reproduce entre los hermanos. Primero Jandira, después Totoca, y más adelante el padre. Es como una cadena de maltrato donde todos están frustrados, heridos y cargando con una vida muy difícil… pero quien termina pagando siempre es el más chico, el más sensible, el que solo quiere jugar o cantar.

Gloria es la única figura que realmente lo contiene. En medio del caos, de la sangre, del insulto, del dolor, aparece ella como ese refugio que él tanto necesita. No solo lo defiende físicamente, también lo escucha y lo repara. Hay un momento que me pareció desgarrador, cuando él le dice a ella: “Yo no estaba haciendo nada”, y ella no lo contradice. Lo abraza desde la verdad, no lo infantiliza, no lo minimiza. Lo cree. Eso en sí ya es un acto de amor enorme. Y después está esa promesa de hacer otro globo juntos, que él rechaza porque ya no tiene sentido. Porque cuando te quitan algo que soñaste de verdad, a veces no se puede repetir. No porque falte papel o tiempo, sino porque lo que se rompió fue otra cosa.

Más adelante, cuando el padre lo golpea por la canción, sentí que ese fue un quiebre irreversible. Zezé ya había recibido muchas palizas antes, pero esta vez es diferente. Él no entiende qué hizo mal. Solo canta, canta para su padre, queriendo hacerlo sentir mejor. Y recibe a cambio una respuesta violenta, desproporcionada, absurda. Para mí, es el momento en que Zezé pierde definitivamente la confianza en el mundo adulto. La escena del cinto es terrible. Está tan bien escrita que uno siente el cuerpo encogerse al leerla. Y el silencio que le sigue, la fiebre, la cama, el desmayo… todo sugiere que algo se apagó dentro de él. No físicamente, pero sí en su espíritu.

La frase con la que cierra este capítulo, cuando le dice a su madre “yo no debía de haber nacido. Debía haber sido como mi globo…”, es una de las declaraciones más tristes que he leído en literatura. Porque viene de un niño que ya no encuentra sentido ni en sí mismo. Es como si la violencia que sufrió no solo lo lastimara en el cuerpo, sino que le arrancara algo muy esencial: las ganas de existir tal como es.



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